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Un Tiovivo Para Clara

Escrito por SergioPR 02-07-2017 en Historia corta.. Comentarios (0)

Aquella tarde, se presentaba más rojiza que de costumbre. Clara, consiguió recoger aquél trozo de papel, que sin más, chocó contra su cara.


Tan sólo tenía diez años y como es habitual en su edad, la curiosidad es más grande que ellos.


—¡Papa, papa! Mira esto. ¡Un tiovivo en el pueblo!


—Mi pequeña Clara, sabes que no nos lo podemos permitir.— contestó apenado su padre.


Clara, miró por última vez, aquel pedazo de papel. Sintió el más tremendo de los disgustos, ya que por primera vez, podría haber disfrutado de aquella atracción. Se sonó los mocos descaradamente, para que su querido padre, se diera cuenta. Sabía que no daría resultado, pues las palabras que su padre le dijo, tenían toda la razón. Eran pobres y el poco dinero que conseguían, lo utilizaban para comprar algo de comida y poder vestir a su pequeña.


De camino de vuelta a casa, la pequeña Clara, despistó su mirada al prado donde frecuentaba para jugar. En aquél instante, apreció unos vehículos que no reconocía. Un gran camión, abierto de par en par, transportaba grandes piezas metálicas, entre ellas, unos lindos caballos, atravesados por una barra.


Por primera vez, los ojos de Clara, apreciaban las piezas clave de un tiovivo. Su entusiasmo desapareció, con un pequeño tirón de mano de su padre.


—Papa, ¿si tuviéramos dinero para una sola vez, me dejarías montar?— la mirada que su padre le otorgó, no reflejaba la enfado alguno. Más bien, tristeza.


—Mi vida, cada céntimo que ganamos...— las palabras se le quedaban en el aire. No le gustaba verla triste. —Si conseguimos algo, de una forma u otra, te prometo que sí.— aquella sonrisa que Clara le sirvió, fue más que agradable para el alma de su padre. Fue el motor de su decisión.


El día transcurrió como de costumbre, Clara asistía a la escuela y su padre, intentaba ganar el jornal en el campo.


Rondaban las once de la mañana y la pequeña Clara, intentaba pelearse con unas sumas. Metida tanto en su labor, que no se dio cuenta, que su profesor la llamaba. Levantó la mirada al percatarse de la voz que la nombraba. Vio a dos personas. Su profesor y el que parecía ser, un conocido de la familia.


—Por favor Clara, ¿puedes acompañarme?— le dijo su maestro. Clara, dejó sus tareas y obediente, se dirigió al lado de su maestro. Ambos, salieron de la sala, acompañados de aquél hombre.


—Clara, no sé por donde empezar.— el profesor de la pequeña, compartió una mirada furtiva con el hombre que les acompañaba. Este, a su pesar, asintió como dando su consentimiento. —Me es difícil decir esto...


—¿Qué me quiere decir, profesor?— inocente, como niña que era, no se percató de varios movimientos de las manos de su maestro, ya que este, inconscientemente, dejó arrugado su preciado sombrero.


—Pequeña—por primera vez, la voz de aquél hombre, se hizo escuchar. Pero no era como esperaba Clara. Notó algo en ella, como si estuviera rota por algún motivo. —Clara, es así como te llamas, ¿verdad?— esta asintió con la cabeza. —Vamos, será mejor que te sientes.


La niña, no llegaba a comprender, lo que estos dos adultos, querían decirla, pero aceptó como buena niña, sentarse en el banco del pasillo escolar.


Los ojos de aquél hombre, comenzaron a llorar. Clara, no entendía por qué lloraba. Le ofreció el pañuelo que siempre llevaba en su bolsillo, este se lo cogió y se lo agradeció con un gesto de la cabeza.


—Niña, esto que te voy a decir, es difícil de comprender, incluso para un adulto.— le estrechó las manos e intentó sacar fuerzas, cosa difícil en ese momento. —Tu padre...— las palabras se le quedaban perdidas en su interior. —Me es cruel contar esto a una niña tan pequeña.— dijo mirando al profesor.


—Lo sé, pero tendrá que saberlo de una forma u otra.— le contestó el maestro.


—Tu padre.— volvió a intentarlo. —Ha tenido un accidente en el trabajo y...


—¿Está bien? ¿Le ha pasado algo?— preguntó Clara.


—Lo siento Clara, pero tu padre ha fallecido.— los ojos de la pequeña, empezaron a llenarse de lágrimas, se levantó y salió corriendo.


La encontraron en la entrada de la escuela, pero no esperaban encontrarla como lo hicieron, ayudando a levantar a otro niño más pequeño. Había dejado de llorar, pero su carita aún reflejaba rastros de ello. Los adultos dejaron que la situación terminase, que aquél pequeño niño, tomase la dirección que tenía que tomar. Así lo hizo, mientras la pequeña Clara le observaba como se alejaba entre sollozos. Sin mediar palabra, se acercaron a ella.


—Me choque con él cuando salí corriendo y al ser más pequeño...


—Lo sé pequeña, lo sé.— su profesor la abrazó cariñosamente, puesto que la vio nacer y crecer. Aquél cariño que sentía por ella, se forjó desde entonces. Para él, era como una hija. —Este hombre, tiene que decirte algo más y tienes que escucharlo.


Hundió su cara en el pecho del profesor, pues el calor que este le proporcionaba, la hacia calmar. Tomó un poco de aire, dispuesta a enfrentar el reto que la vida le había puesto por delante. Se separó de su protector, miró a los ojos a aquél hombre, sonriendo como jamás lo había echo en su vida.


—No hace falta que me diga nada, se que tengo que marchar con él ya que este hombre, es el hermano de mi Madre. ¿Cierto tío?— ninguno respondió al instante, puesto que la pequeña, acertó de lleno a la primera. —Si es así, recogeré mis cosas...


—No Clara... Puedes terminar el día en la escuela, no pretendo que pierdas tu educación. Por lo menos así lo querrían tus padres.— se acercó a su sobrina y le propició un beso largo en su cabeza. —Volveré cuando termine el día, entonces podrás venir a tu nueva casa. Mientras tendré que preparar todo lo de tu Padre. Tu profesor cuidará de ti pequeña sobrina.


Las horas se hicieron eternas para Clara, no tenía más que una idea puesta en su cabeza. Su querido Padre, al que ya no vería más, como a su Madre a la que nunca conoció ya que murió en el parto.


A escasa media hora de terminar las clases, la pequeña decidió de repente hacer algo fuera de lo común. Escribir su última carta a su Padre, donde diría todo lo que ya no podría decirle. Cogió un papel en blanco, su lápiz bien afilado y comenzó a escribir.


—"Querido Papa, aún sabiendo que no volveré a verte, te presto estas palabras, puesto que algún día; cuando nos volvamos a encontrar; tanto tú como Mamá, se que me las váis a devolver..."


—"...aún sabiendo, que mis lágrimas derramadas, sólo sacarán mi dolor unos breves instantes. Recuerda, que sigue en pie tu promesa; que de esa no me olvido; así que ten comprado el boleto para cuando llegue.


P.D.: Nunca os olvidaré, aunque a Mamá la conozco por fotos y lo que me hablabas de ella, justo antes de dormir. Compra un escritorio para guardar todas las cartas que te mande, pues tendré que contarte infinidad de cosas mientras me vaya haciendo mayor. ¡Ah, no os preocupéis por mí, puesto que el Tío Vivo me llevará a su casa.


Os quiere, vuestra hija Clara."


Una vez terminada, la dobló con sumo cuidado, cogió un sobre se la mesa del profesor, el cuál la miró con ojos extraños, pero que a su vez, comprendió al instante lo que la pequeña Clara estaba haciendo. Metió su carta en el sobre, lo cerró y puso en letras mayúsculas "PARA PAPÁ Y MAMÁ; DIRECCIÓN: EL CIELO".


Al día siguiente, su cara reflejaba un cansancio inapropiado para su edad. La ida a su nuevo hogar, no fue ningún problema, más bien fueron los recuerdos vivos y presentes de su Padre, que a su vez, las ansias por entregar sus últimas palabras. Desayuno, se vistió y acompañó a su tío al cementerio, donde encontró a más gente de lo que imaginaba.


Se acercó al féretro abierto, ya que era costumbre dar el último adiós. Encontró a su Padre con su mejor traje, unos zapatos que nunca había visto y una corbata roja, la que le regaló en su último cumpleaños.


No derramó lágrima alguna mientras alzaba la mano derecha y colocaba con delicadeza la carta. Se quedó unos instantes mirando el rostro de su Padre, hasta que su tío, la separó cuidadosamente. Acto seguido, cerraron el féretro y comenzaron a descender. Clara salió corriendo de nuevo, pero esta vez, con un destino diferente.


Fin.

Silencio

Escrito por SergioPR 02-07-2017 en Historia corta.. Comentarios (0)

—"No es nada, no es nada".— pensaba la pequeña Pipper, mientras se tapaba con las sábanas.


Se destapó justo a la altura de los ojos, miró a la oscuridad durante unos instantes. No vio nada.


Se tumbó en su cama e intentó tranquilizarse. Respiró suavemente hasta que lo consiguió. Cerrando los ojos, se imaginó que estaba en casa. Que aquellos ruidos, eran típicos de una casa vieja.


—"No es nada, no es nada".— se volvió a decir. Ya no tardaría en dormir, pues su cerebro la hizo soñar con sus sueños de siempre, bonitos sitios donde jugaba con sus amigos, o un parque con un sinfín de columpios.


Saltando, corriendo y por último, su columpio favorito. Se montó y cogió impulso. Adelante, atrás. Adelante, atrás...


—"¡Qué extraño! Todo está en silencio...


Pipper, bajó de aquel columpio, sin antes, suponer que aquello era un simple sueño. Y como tal, estaría a salvo, que nada y nadie la molestaría.


Siguió el sendero que conducía de vuelta a aquella mansión, donde tantas veces, se creía una joven adinerada.


Sus pies, tan pequeños como puedes imaginar, se desplazaban por aquél suelo con tanta grava. El crujir de cada guijarro pisado, moría en el intento. La pequeña, ya confusa, decidió acelerar el paso. Así entraría en la vivienda. Allí se sentiría a salvo..


La puerta se abrió de par en par, dejando parada a Pipper a medio camino. Nadie salió a recibirla.


—¿Hay alguien ahí?— logró preguntar.


No obtuvo respuesta alguna. Aún así, continuó su camino hacia la casa. Empezó a subir lentamente los peldaños.


—"Que extraño"— se dijo. —"Ni siquiera se escuchan mis pisadas".— la pequeña Pipper, terminó de ascender hasta el pórtico de la entrada, llamó y siguió sin escuchar sonido alguno.


—Es mi sueño, en ellos me encuentro a salvo, porque hay lo que yo quiero. No hay nada malo, no hay nada malo.


Entró en la vivienda y se paró en medio del recibidor, tan grande, como un salón. Se quedó contemplando todo su alrededor. Las inmensas lámparas que colgaban del techo, las cortinas de las ventanas, la gran escalera, que en su final, se separaban en dos tramos más.


Allí, en medio de la nada, apareció una figura, quieta por completo, observando la desde la distancia.


Los ojos relucientes de Pipper, quisieron cerrarse, pues su querido padre, la contó, que los malos augurios, se marchan después de cerrar los ojos. Y una vez que los abres, sólo queda la paz.


En esta ocasión, no se cerraron, pues se acordó, que en un sueño residía. Su sueño. Ahora lo veía, sabía con certeza lo que vendría después. Abriría los ojos, en el mundo fuera de los sueños, lo que conllevaría, al fin de este vivido. Al fin del sonido restringido.


No sucedió así. La silueta, bajó firmemente los peldaños que la separaban de Pipper. Una vez se acercó, obligo a la niña a permanecer en el mundo de los sueños, donde el silencio, reina en todos los rincones.


La voz de la pequeña, quedo diluida en el mar de los olvidos, pues su voz, se quedó olvidada en el mundo de los vivos.


Fin.